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lunes, 18 de julio de 2011

Sonisphere 2011: Iron Maiden, épicos e imbatibles una vez más






La leyenda británica del heavy metal da otro de sus grandes conciertos. Bruce Dickinson, su vocalista, lo demostró de nuevo en la segunda jornada del festival celebrado en Getafe (Madrid): es el Mick Jagger del rock duro.


Por Ivar Muñoz-Rojas



Más polvo, más sol, más público y mejores grupos. El segundo día de los dos programados en el Sonicsphere en Getafe (Madrid) fue lo que estaba previsto: el plato fuerte de este festival itinerante e internacional en su paso por el extrarradio sur de la capital. Mientras su arranque, el pasado viernes, resultó irregular, anoche este evento fue lo que se espera de una celebración de heavy metal: el recinto estuvo abarrotado hasta los topes, hubo jolgorio y bulla (siempre de la buena, claro) y un mar de manos poniendo cuernos. Pero, sobre todo, la noche contó con Iron Maiden en su cartel, que confirmó una vez más que es una banda infalible en directo. Pero a eso llegaremos más adelante.

El mayor reclamo a media tarde ayer no fue ningún grupo, sin embargo. Lo más deseado era un cobijo en alguna sombra en las carpas que la organización había habilitado. El sol pegó con bastante más fuerza que en la jornada anterior. La estampa resultó tan tórrida como singular durante el concierto de Apocalyptica, a eso de las siete de la tarde. Mientras los rayos solares machacaron los cogotes de los espectadores, los miembros de este grupo finés hicieron lo mismo con sus violonchelos, su seña de identidad. Desde que se dio a conocer a mediados de los 90 interpretando versiones de Metallica únicamente con este instrumento, esta banda ha pasado a ser habitual en festivales de rock duro en este tramo del día. Muy llamativo, pero demasiado tosco, a pesar de que ahora haya también batería y cantante en su alineación. No nos engañemos: un grupo de heavy sin guitarras eléctricas es como una canción de radiofórmula sin estribillo pegajoso o un rapero que no dice tacos.



Mucho más divertido fue lo que se coció a la par frente a los baños en el lado izquierdo del único escenario. Allí estaban los Glass of Glory, como se hace llamar un espontáneo conjunto de paisanos alemanes cerveceros, que se habían traído sus trombones, guitarras y clarinetes. Con sus pelos cardados y vestidos con casacas, y entre la multitud, tocaron versiones de clásicos de rock duro (impagable ese Ace of spades, de Motörhead, a lo acústico y campechano). Pusieron la sonrisa a un centenar. A estas alturas, gran parte del público tenía el síndrome del gran festival de rock duro. Esto es: embriaguez sin picos ni bajos, causada por el consumo de cerveza moderado pero constante durante horas (aunque algún cuerpo desplomado en el suelo por el alcohol y achicharrado por la solana ya se veía por ahí). La improvisada pachanga de los germanos llegó a su culmen cuando formaron una gran conga mientras tocaban The final countdown, de Europe. Heavy y folclórico.

Dream Theater hizo lo que esperan los fans de esta veterana banda: desplegó un virtuosismo instrumental no de este planeta, con John Petrucci, su admirado guitarrista, como maestro de ceremonias. Para los seguidores dedicados resultó una oportunidad para comprobar que, efectivamente, los solos que se escuchan en sus discos están ejecutados por seres humanos. Para el menos iniciado faltaron estribillos y sobró onanismo. Mención aparte para la batería elevada en el escenario sobre una gran tarima, con decenas de timbales, platillos y numerosos bombos. Digna de récord Guinness.

El premio anoche para el grupo con mayor número de sus camisetas entre los asistentes fue por goleada para Iron Maiden: uno de cada cinco lucía una con el rostro de Eddie, su terrorífica y entrañable mascota zombi. No importa que toquen con bastante regularidad por aquí, estos londinenses siempre llenan sus conciertos en nuestro país. Tienen fieles de todo tipo (hasta algún moderno se vio por ahí) y todas las edades (había más de un padre con su hijo sobre sus hombros). Cuando el sol al fin estaba a punto de caer, comenzó a sonar Doctor doctor, el clásico de UFO que, como es tradición, introduce los conciertos de esta formación que tomó su nombre de un artilugio medieval para torturar. Llegó la gran bestia.

No importa que Iron Maiden no haya sacado un disco realmente bueno en décadas ni que sus directos no traigan apenas sorpresas a estas alturas. Al contrario: su público quiere volver a escuchar sus épicos clásicos, a oír a su vocalista Bruce Dickinson gritar muy agudo y desgarrado aquello de “Scream for me” (Gritad para mí), a ver al bajista Steve Harris apuntar con su bajo cual metralleta hacia la audiencia o a sus guitarristas cruzar esos solos que bordean peligrosamente lo hortera. Aunque su principal atractivo es otro: transmiten pasarlo realmente bien. De verdad. En sus recitales hay buenas cantidades de espontaneidad, ilusión e incluso de sencillez. Ninguno de esta banda se las da con poses, vaya. ¿De cuántos grupos de su tamaño y con más de tres décadas de carrera se puede decir esto?

Dickinson pisó el escenario, levantó un brazo y las 40.000 personas que abarrotaban el recinto alzaron los suyos. A sus 52 años, sigue saltando y correteando como el que no quiere la cosa. Es el Mick Jagger del heavy metal. Aunque eso sí, tiene tanto carisma como mal gusto vistiendo (habría que ver de dónde saca esas ropas tan imposiblemente feas). El sexteto inició su actuación con Satellite 15... The final frontier y El Dorado, dos temas que abren su último disco The final frontier (de 2010). Vale, las últimas composiciones de estos músicos, entendiendo por tal las de los últimos 20 años, palidecen frente a sus clásicos de sus dorados 80, pero para el repertorio de anoche eligieron bien entre la cosecha más reciente (Blood brothers sonó tremenda). No hubo ninguno de los temas progresivos y largos, tan plomizos, que les ha dado por incluir en los últimos álbumes. Y no faltaron, por supuesto, varios de sus himnos ideales para el coro masivo. El sonido fue nítido y potente en todo momento. “Esto está de puta 'maiden”, gritó un entregado espontáneo entre las primeras filas, cuando la banda inició la galopante The evil that men do. Y en The trooper un amigo suyo, abrazado a él, tarareó hasta sus reconocibles punteos. La cosa iba de fidelidad y exaltación colectiva. O como dijo Bruce: “No importa quién o cómo seas, esto es una gran familia”. Sonrieron entonces padres, hijos y algún moderno.

Una nube de polvareda cubría al público cuando comenzó a sonar tras los bises la famosa melodía silbada de La vida de Brian, de Monty Python, el también tradicional punto final de un concierto de Iron Maiden. La complicada papeleta de tocar tras ellos fue para Twisted Sister. Liderados por el rockero posiblemente más feo de la historia, Dee Snider, estos neoyorquinos fueron buena opción para iniciar el desparrame final. A mediados de los 80 tuvieron su momento de gloria con canciones de rock duro y festivo como I wanna rock, The price o, sobre todo, We're not gonna take it. Esta última en fue entonces rebautizada aquí como 'Huevos con aceite', y así fue como este conjunto pidió al personal que la coreara: donde fueres haz lo que vieres. Festivo, fácil y para cuando de madrugada muchas cervezas impiden percibir algún fallo que otro de los músicos. Sin más.

Que la caída de Alice Cooper del cartel trajera en su lugar a Uriah Heep no ayudó a retener al público tras el plato principal. Mientras su rock duro setentero dominaba el recinto, muchos lo abandonaron. Dos días de mover cervicales, respirar más polvo del habitual y beber cerveza de forma continuada pasan factura. También una descarga de Iron Maiden.

La vida es sueño, en versión Iron Maiden





JUAN ÁNGEL VELA DEL CAMPO 18/07/2011 - EL PAÍS

De cuando en cuando, los responsables del EL PAÍS deciden, por un día, cambiarme de demarcación. Algo así como desempeñar un papel de tenor estando, como estoy, acostumbrado al registro de barítono, o, en términos futbolísticos, jugar de delantero centro en vez de centrocampista. Debo proyectar una imagen de exquisitez con mis crónicas operísticas desde Bayreuth, Salzburgo o el Real, y por tanto debe suscitar cierto morbo mandarme a un recital de heavy metal más allá del fin del mundo, en un descampado situado donde acaban los polígonos industriales más alejados de Getafe. Uno, que es disciplinado, embarcó para esta aventura como acompañante a un admirador de Alfredo Kraus, nacido el mismo año en que apareció Iron Maiden. Durante el viaje escuchamos fragmentos de Parsifal, de Wagner. Para aparcar tuvimos inconfesables dificultades; permítanme que no les dé detalles, por si acaso. Pues bien, el recital de Iron Maiden ha sido una experiencia mucho más excitante y hasta profunda que las anteriores que tuve para El PAÍS con Scorpions en La Cubierta de Leganés o en el after hours de la discoteca Macumba. En primer lugar porque la música y el sentido del espectáculo de Iron Maiden son excelentes. Pero también por otras razones que intentaré desglosar, aun rozando en ocasiones los tópicos.

La propuesta de la banda casi suena a antigua en tiempos de 'dj'
Hay que partir de que la banda de heavy metal más emblemática del planeta -y no solamente por el número de discos vendidos: de 85 a 100 millones de copias, según las fuentes- nació en 1975. Han entrado pues, en la categoría de clásicos. Pero no solamente es una cuestión de continuidad. El concepto rítmico, el cuidado de la melodía, la elaboración del sonido de acompañamiento desde las guitarras eléctricas, la puesta en escena del cantante y hasta el siempre temible volumen se han incorporado a la memoria colectiva de una sociedad que ha asimilado sus planteamientos estéticos, en especial por la gran energía que despliegan sobre una música que, como otras, reflexiona sobre el amor y la muerte, o sobre la vida más allá de la muerte, utilizando el título de uno de sus discos.

La propuesta de Iron Maiden casi suena a antigua en estos tiempos de música grabada y dominada por los dj, pero tiene por encima de todo un gran sentido de la libertad. Su estilo en ocasiones pegadizo invita además a la participación. Y es aquí donde el público hace suyas las propuestas de la banda. La militancia se percibe en el atuendo generalizado de los asistentes: en negro, con motivos espectrales ligados al grupo o a otros afines. Este deseo de vivir de una manera más profunda lo que pasa en el escenario es hoy una aspiración artística y sociológica. Este periódico publicó el sábado una inquietante fotografía de una sala de cine en Austin con los espectadores ataviados masivamente con gorros rojos, como el protagonista de la película, Bill Murray. Y por citar dos experiencias participativas de este mismo año en el mundo de la ópera, ha dado la vuelta al mundo la invitación de Riccardo Muti al público de Roma a cantar el coro Va pensiero de Nabucco, de Verdi, como acto de reafirmación de la cultura italiana frente a los recortes de Berlusconi, y ha destacado también la sugerencia de Carlus Padrissa, de La Fura dels Baus, al público de Colonia para que asistiese a la representación de Sonntag, de Stockhausen, de 12 horas de duración, vestido de blanco, gesto seguido masivamente y con el cual el público se incorporaba de alguna manera a la ópera desde dentro, aunque solamente fuese con la complicidad del vestuario.

Ligado al concepto participativo está el de asistencia a algo excepcional, a un acontecimiento. Es algo que posibilitó las 17.000 entradas que se vendieron para el reciente San Francisco de Asís, de Messiaen, en Madrid Arena, y es algo que está presente en este concierto de Iron Maiden, el único en España en 2011 según destaca la publicidad. Por ello no es de extrañar que el cantante de la banda en una de sus intervenciones habladas destacase ese aspecto de armonía universal, dando la bienvenida a los que habían venido desde San Sebastián, Bilbao, Noruega, Argentina o Brasil. Se vive, qué duda cabe, una experiencia musical, pero se vive también en gran medida una experiencia vital, solidaria, de reafirmación. Así, el concierto enamora desde el desgarro y la intensidad. A pesar del polvo ambiental -los expertos iban con mascarillas- y de las toneladas de basura.